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Sermón sobre Génesis 39:21, predicado en Gisborne, Nueva Zelanda el Miércoles, 12 de Junio, 2023
Volvamos a las palabras del texto que leímos, Génesis 39. Leeremos los versículos 21 al 23.
“Mas Jehová estuvo con José y le extendió su misericordia, y le dio gracia a ojos del principal de la casa de la cárcel. Y el principal de la casa de la cárcel entregó en mano de José todos los presos que había en la casa de la cárcel; y todo lo que se hacía allí, él lo hacía. No se cuidaba el principal de la casa de la cárcel de cosa alguna que estuviera en su mano, porque Jehová estaba con él, y lo que él hacía, Jehová lo prosperaba”.
Este pasaje tiene lecciones valiosas para pecadores que vienen y ponen su confianza en Jesucristo. El libro de los Hechos nos habla de que aquellos que ponen su confianza en Cristo deben entrar en el reino de Dios a través de muchas tribulaciones.
Aquí tenemos un hombre con muchas tribulaciones—está preso, pero con todo y eso, leemos dos veces que el Señor estaba con él aunque no estuviera en libertad—no era libre. Estaba en un muy mal ambiente, como lo diríamos hoy en día. Estaba en un ambiente pagano—hostil a la verdad—y obviamente no podía escapar de este ambiente. Nosotros tenemos a dónde ir si en verdad queremos estar solos. Si estamos buscando el rostro del Señor seriamente, podemos hacer espacio en nuestra agenda y encontrar un lugar para buscar al Señor en secreto. Pero es difícil saber si José alguna vez tuvo ese privilegio estando en prisión.
Así que, estaba rodeado de muchas malas influencias en prisión. Los egipcios son famosos por su idolatría. Aun así, el Señor estaba con José y le mostró misericordia. A su tiempo hizo suceder todo lo que le prometió a José. Todas estas cosas tienen lecciones valiosas para los que ponen su confianza en Cristo y que están pasando por un tiempo de muchas tribulaciones en estos momentos. Deben mirar esto y encontrar instrucción y ánimo.
La Iglesia misma hoy en día está pasando por un periodo de gran tribulación. Eso es especialmente cierto en occidente. No solo nuestra rama de la Iglesia, sino también otras. Los cristianos hablan de diferentes retos que enfrentan. Así que, la Iglesia misma está pasando por un periodo de muchas tribulaciones. Puede ver su experiencia reflejada aquí en José cuando estaba preso.
Tenía muchas cosas en su contra y aun así, el Señor estaba con él. Veamos, en primer lugar, las promesas que el Señor dio a José. El Señor da promesas a todos los que ponen su confianza en Cristo. Luego, en segundo lugar, veremos las providencias—las providencias que parecían contrarias a las promesas que José recibió. Y, en tercer lugar, veremos la presencia del Señor que José disfrutaba. Mientras experimentaba estas misteriosas providencias, todavía disfrutaba de la presencia del Señor—incluso si las providencias eran tan contrarias a las promesas que recibió cuando era joven, siendo tan solo un adolescente. Así que consideremos en primer lugar:
- Las promesas
- Las providencias
- La presencia del Señor, de la que José disfrutaba.
Así que, veamos primeramente las promesas que José recibió. Estas promesas llegaron a José en sueños. Esto es así porque la Biblia todavía no había sido completada. Así que Dios habló muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo. Como lo dice Pablo en Hebreos, capítulo uno. Ahora, solo habla a través de Su Palabra escrita, pero en el tiempo de José, a veces hablaba en sueños.
Y así es como se reveló a José. En estos sueños, reveló a José que él llegaría a disfrutar promesas de bendición y honor terrenales. Y no solo bendiciones terrenales, el favor del Señor también estaba incluido—el favor misericordioso y especial del Señor en estas promesas, de elegir a José y de elevarlo por encima de sus hermanos.
Conocemos la historia: soñó que su manojo permanecía derecho y que los manojos de sus hermanos se inclinaban ante el suyo. Luego soñó otro sueño donde el sol, la luna y once estrellas se inclinaban ante él y le mostraban reverencia o respeto y obediencia. Desde luego, esto hablaba del momento en el que su padre y sus hermanos se inclinarían ante él cuando llegara a ser gobernador de Egipto. Así que era una promesa de exaltación—una promesa de alto honor.
Ahora bien, estas promesas eran evidencia de que José no estaba bajo la ley, sino bajo la gracia. Porque cuando estamos bajo la ley, en un estado de condenación, maldito es “todo aquel que no permanece en todas las cosas que están escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Gl 3:10).
Los que son de las obras de la ley están bajo la maldición o bajo condenación. Así que, el hecho de que el Señor se haya aparecido a José y le hubiera dado estas bendiciones especiales era una evidencia de que había sido librado del Pacto de obras. Fue librado de esa terrible condenación en la que todos los hijos de Adán están cuando vienen a este mundo.
Ahora bien, algunos podrían decir, ¿no disfrutan también los pecadores de las bendiciones terrenales del Señor? La respuesta es, sí. Pero, como dijimos antes, en estas promesas que el Señor hizo a José, había un bien espiritual también, porque estuvimos cantando en el Salmo 105 de cómo cuando José estaba en prisión “el dicho de Jehová lo probó”. Así que cuando estuvo preso y sus pies estaban atados con grillos y afligidos por ellos, sintió dolor mientras estaba en prisión.
Y el dicho del Señor lo estaba poniendo a prueba. Había una lucha entre la fe y la incredulidad en su alma, entre la fe y los sentidos. La fe creía lo que el Señor le dijo en esos sueños. Sí, la Palabra del Señor sin duda vendrá. Él es un Dios fiel, no puede mentir. Eso es lo que diría la fe en el alma de José.
Pero sus sentidos dirían: “¿Cómo puede ser? Solo encuentro una decepción detrás de otra y una tristeza tras otra. Primero fui vendido como esclavo, luego fui acusado falsamente y ahora estoy preso”, y más adelante sería olvidado en prisión.
Así que había una batalla entre la fe y los sentidos. Esta es una experiencia en las vidas de todos los que son parte del pueblo de Dios. Es la batalla que la iglesia tiene en cada era: la batalla entre la fe y los sentidos. La Iglesia recibió grandes y preciosas promesas. Le espera un futuro glorioso. Tiene todas estas promesas de que será preservada.
A veces, incluso esas promesas de ser preservada son puestas a prueba. La iglesia no solo se pregunta, “¿seremos bendecidos y multiplicados?” Sino también, “¿seremos preservados? ¿Sobreviviremos todas estas tormentas?” La barca está cubierta con olas, para decirlo en las palabras de los discípulos cuando estuvieron en el mar de Galilea. Parecía que la barca estaba a punto de hundirse.
Leemos estas promesas de que el Señor edificará Su Iglesia y que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Leemos que el Señor cuida de Su viña y la riega a cada momento, y que la guarda noche y día. Pero el viento nos es contrario y aparece un reto tras otro. ¿De verdad seremos preservados? Nuestros sentidos, nuestro “sentido común”, nos dice que no podremos aguantar así mucho más tiempo.
Pero la fe dice: “No, Él cuidará de Su iglesia noche y día. Él la regará a cada momento”.
Ahora bien, José recibió estas promesas que le decían que reinaría sobre sus hermanos. Si vienes a Cristo, tú también recibirás preciosas promesas. De hecho, tendrás promesas mucho más preciosas que cualquier honor o bendición terrenal. Algo muy importante a recordar sobre las promesas de la Palabra de Dios es que solo puedes disfrutarlas en Cristo. En otras palabras, tienes que venir a Cristo. Tienes que poner tu confianza en Cristo para beneficiarte de cualquiera de estas promesas.
Si nos acercáramos a personas abiertamente pecadoras que lamentan la pérdida de un ser querido, naturalmente sentiríamos simpatía por ellos y nos gustaría consolarlos. Pero si les dijéramos—y no tienen evidencia de ningún cambio salvífico y están viviendo vidas descuidadas e indiferentes—si les dijéramos: “La Biblia promete que son bienaventurados los que están tristes porque ellos serán consolados”. No estaríamos aplicando las Escrituras correctamente en ese caso.
Cristo está hablando de aquellos que están en un estado de gracia, los que están unidos a Él. “Bienaventurados los que están tristes”, están tristes especialmente por sus pecados con una tristeza según Dios. Solo ellos serán consolados. Así que, ¿cómo podemos decirle a alguien que está rechazando a Cristo que sin duda será consolado? Por eso es que decimos que todas las promesas están en Jesucristo y solo pueden disfrutarse creyendo en Jesucristo.
Pero el punto es este, si creemos en Jesucristo, entonces se nos han hecho grandes y preciosas promesas. Tenemos la promesa de que seremos reyes y sacerdotes y que reinaremos sobre la tierra. Tenemos también la promesa de que como reyes obtendremos la victoria sobre el pecado. El pecado no se enseñoreará de nosotros, sino que nosotros nos enseñorearemos de él y lo conquistaremos completamente un día.
Tenemos la promesa de que venceremos a Satanás y que el Señor lo quebrantará pronto debajo de nuestros pies. Tenemos también la promesa de que venceremos a este mundo creyendo que Jesús es el Hijo de Dios. Venceremos al mundo.
El mundo puede burlarse de los creyentes ahora y enaltecerse triunfante sobre los creyentes en la Iglesia ahora. Pero se nos dice que si ponemos nuestra confianza en el Hijo de Dios, venceremos al mundo, no importa cuán poco probable parezca a veces.
Puede que las iniquidades prevalezcan contra nosotros por un tiempo, pero por la asistencia de nuestro Dios, nos levantaremos otra vez. Por el Espíritu haremos morir las obras de la carne. A través de la gracia de Cristo obtendremos la victoria completa sobre el pecado. Los impíos pueden estar presumiendo ahora, pero la promesa es que un día los santos incluso han de juzgar a los ángeles.
Qué maravilloso será. Los santos dirán “amén” a los juicios de Cristo y Él, por así decirlo, compartirá el honor con ellos, en que juzgarán a los ángeles y pondrán su “amén” a Su juicio contra hombres impíos y reyes impíos. Aquellos líderes impíos envidiarán al creyente más débil que haya vivido. “¡Si tan solo fuera cómo uno de ellos! Si tan solo hubiéramos sido como Lázaro que pasó sus días en pobreza, descuidado por el hombre rico! ¡Oh, si tan solo pudiéramos cambiar de lugar con Lázaro!”
Eso es lo que dirán en aquel día los presidentes, primeros ministros y reyes y los hombres grandes y ricos. Así que tenemos todas estas promesas, pero es importante destacar que esta promesa que recibió José no le fue dada para gratificar su orgullo. En última instancia, él sería elevado para poder ser una bendición a sus hermanos y proveer para ellos en un tiempo de hambruna.
Aquí hay un aprendizaje práctico importante. Si el Señor en Su bondad nos promete un bien que no dará a otros—algún puesto útil que no se dará a otros en Su pueblo—desde luego que no es para gratificar nuestro orgullo.
Es para hacernos útiles para otros. Si está prometiendo conferir una bendición especial sobre nosotros, es para que seamos útiles con los demás que no tendrán la misma bendición. Así es con cada bendición especial que el Señor pueda dar a alguno en Su pueblo: el creyente reconoce que esta es una bendición especial que Él no dio a todos en Su pueblo.
El creyente debe considerar muy seriamente: “Bueno, con esta bendición especial, viene una responsabilidad especial. El hecho de que Él me haya dado esta oportunidad especial o esta bendición especial quiere decir que tengo una responsabilidad especial para usarla para la gloria de Dios, el bien de la iglesia y el bien de los que me rodean”.
Ese es el provecho o aplicación que José debía cosechar. Vemos a partir de Hebreos, que José tenía fe verdadera. Así que, era un hombre temeroso de Dios. Eso es evidente en ese capítulo, que describe cómo resistió la tentación.
Tenía un temor por Dios más profundo y ninguna tentación o sutileza podía conquistar el temor de Dios que tenía en su corazón. Así que, al recibir estas promesas de exaltación y honor, hubiera dicho: “Bueno, esta es una promesa de bendición que tendré que usar para el beneficio de mis hermanos, no para sentirme superior a ellos, sino para su beneficio”.
Ahora bien, apresurémonos en segundo lugar a considerar las providencias—las providencias que son contrarias a estas promesas. Casi tan pronto como recibió las promesas, comenzó a encontrarse con toda clase de problemas. Así pasa con el pueblo de Dios. Al comenzar su vida cristiana reciben grandes y preciosas promesas.
Solo mencionamos una pequeña parte de ellas: la victoria sobre el pecado, Satanás y el mundo; el honor y la bendición que disfrutarán en el día final y así sucesivamente. Hay tantas, muchas otras que podrían mencionarse, pero todas estas promesas son suyas y ciertamente se cumplirán.
No hay duda de ello. El Señor no dejará de cumplir la más pequeña de las promesas que haya hecho a cada uno de los de Su pueblo. Pero casi siempre al principio de su vida cristiana, se encuentran con problemas y providencias que parecen contradecir lo que el Señor prometió darles.
Así pasó con José. Tan pronto como tuvo estos sueños y se los contó a sus hermanos, aparecieron problemas. No creemos que fuera incorrecto que se los contara porque Dios se estaba revelando a José de una forma especial. ¿Por qué Dios revelaría algo esperando que permanezca oculto? ¿Por qué revelaría algo a José para que lo esconda? Esta fue una bendición que en última instancia sería para el bien de todos sus hermanos.
Cuando su padre Jacob tuvo un sueño, se lo contó a su familia. Sabían para ese entonces que Dios era soberano y que no estaba obligado a distribuir sus misericordias equitativamente entre todo su pueblo. “A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí” dijo el Señor. Sin duda Jacob habló de esto a todos sus hijos cuando tuvieron edad suficiente para entender. Les habló de la gracia soberana de Dios que lo eligió en lugar de su hermano Esaú.
Así que no había base alguna para que sus hermanos se ofendieran. Dios puede hacer lo que desee con Sus criaturas. Pero esto lo decimos de paso. El punto es que tan pronto como José recibió estas promesas a través de sueños, comenzó a tener problemas. Sus hermanos lo odiaban, lo envidiaban, no podían hablarle pacíficamente. Lo vendieron como esclavo. Perdió su libertad.
En lugar de ascender—estaba descendiendo. Luego fue a la casa de Potifar y parecía que estaba ascendiendo, solo para ser abatido una vez más siendo acusado falsamente y aprisionado. Sus pies estuvieron afligidos con grillos en la prisión.
Todo era contrario a las promesas que Dios le dio. Así es con frecuencia para el pueblo de Dios. Así es con frecuencia para la Iglesia.
El Señor da preciosas promesas a Su Iglesia y luego pone a Su Iglesia en el horno. A menudo puede sellar, confirmar y asegurar a Su pueblo de que ciertas promesas en la Biblia son suyas de verdad. Quizás estas promesas los marcan particularmente cuando están escuchando una prédica o cuando leen la Biblia.
O, cuando participan de la mesa del Señor, una promesa de las Escrituras es puesta en sus corazones y les da mucho ánimo. Pero tan pronto como eso sucede, son puestos en el horno. ¿Por qué pasa esto? Preguntamos. Bueno, ¿por qué le paso a José? Una de las razones es que José sería elevado a una posición de gran utilidad y fama, de honor y de riqueza.
Antes de que pudiera disfrutar de esas bendiciones necesitaba que la gracia de la humildad se desarrollara en su alma para que usara correctamente esta nueva posición y que esto no lo enorgulleciera. Tenía que aprender a negarse a sí mismo en una variedad de situaciones, porque cuando fuera elevado a ser gobernador sobre todo Egipto le sería muy fácil convertirse en una persona autocomplaciente y que busca su propia comodidad y placer. Entonces, su ascensión a la posición de gobernador solo hubiera sido dañina.
Así que, había misericordias muy importantes que tenían que cultivarse y desarrollarse en su alma a través de un largo proceso de esfuerzo y dificultad. Las misericordias de la fe y de la paciencia tenían que desarrollarse en su alma antes de que se convirtiera en gobernador. Siendo gobernador, tendría muchas exigencias en su agenda, mucho estrés y muchos dolores de cabeza, que están asociados con esa posición de honor.
Por lo tanto, la misericordia de la paciencia era muy necesaria. También necesitaba sabiduría. Por lo general, esto no es algo que el Señor otorgue de la noche a la mañana. La sabiduría es algo que da a través de la Palabra y con frecuencia a través de la escuela de la aflicción.
Ahí aprendemos sabiduría. Con frecuencia, es cuando estamos en mucho esfuerzo y dificultad que comenzamos a leer la Palabra de Dios con más cuidado. Comenzamos a leerla como pecadores pobres y quebrantados.
Ahí comenzamos a cosechar los beneficios de la Palabra de Dios más que cuando las cosas van bien en la vida. Leemos la Palabra de Dios y pudiéramos decir: “Estuvo muy bueno. Fue muy instructivo” y cerramos el libro. Pero cuando estamos pasando por tiempos de sufrimiento y de prueba, hay porciones de la Biblia que se destacan y decimos: “No había notado esto antes”.
Cuando José estaba preso, sin duda pasó por un tiempo de examen personal. Posiblemente tuvo muchas horas, en especial mientras sus pies estaban sujetados con grillos, muchas horas para pensar en su vida desde su juventud y recordar cómo lo instruyó su padre.
Posiblemente tuvo mucho tiempo para pensar en su conducta y quizá a veces, recordar cuando su conducta no fue correcta siendo joven. “La necedad está ligada al corazón del muchacho” (Pr 22:15). José fue un hijo de Adán, como todo el mundo. La necedad estaba ligada a su corazón. Así que posiblemente tuvo un tiempo de reflexión y examen personal.
Cuando las cosas van bien en la vida, con frecuencia no reflexionamos. No hacemos un escrutinio de nuestra conducta pasada. Pero el salmista dijo: “Consideré mis caminos y volví mis pies a tus testimonios” (Sal 119:59).
Eso es lo que todos en el pueblo de Dios deben hacer si quieren crecer en la gracia y si quieren ser más útiles en la causa del Señor. Debes considerar tus caminos pasados. Recordar el camino por el cual el Señor te ha traído. Debes reflexionar en tus pruebas pasadas. ¿Cuál era el camino del Señor? ¿Qué quería enseñarme el Señor en esto o aquello? Él hace todo bien. Nunca hace caer una lágrima sin necesidad.
“¿Por qué Él determinó que yo tenía que pasar por eso? ¿Por qué determinó que necesitaba pasar por esta prueba o aquella y luego otra y otra? ¿Fui solo un Job en todas esas pruebas molestado y angustiado por alguna razón misteriosa? O ¿fue porque en mí había un pecado o algún pecado que me asediaba? ¿Había algo que estaba mal conmigo que obstaculizaba mi utilidad y por eso el Señor me puso en el horno?”
Todas estas son preguntas que el creyente tiene que hacer cuando las providencias de Dios son contrarias a las promesas. “El Señor tiene razones muy santas y sabias para llevarme al camino al que me está llevando. Así que, examinaré mi conducta. Déjame ver cómo estoy caminando con el Señor o si estoy realmente caminando con el Señor. ¿Será que me estaba empezando a desviar del Señor y por eso me puso en el horno?”
Hay un proverbio de Salomón muy notable. Dice: “Muchos hombres proclaman su propia bondad” (Pr 20:6). Muchos hombres proclaman su propia bondad.
Tenemos una tendencia natural a proclamar nuestra propia bondad—quizá no en voz alta, pero cuando estamos pasando por problemas, dificultades y pruebas, estamos diciendo: “¿Qué hice para merecer esto? No debería estar pasando por esto”. Nos estamos proclamando nuestra propia bondad a nosotros mismos. Así que, estos tiempos de providencias son muy útiles para que el creyente se conozca mejor a sí mismo—para que tenga un mejor entendimiento de sí mismo.
José tuvo mucho tiempo para la reflexión personal y conoció mejor su propio corazón. Esta fue una preparación muy necesaria para que se convirtiera en gobernador de Egipto. Esto es algo que tenía que pasar.
Tenía que conocer más sobre sí mismo. Si un hombre es ascendido a una posición de utilidad, tropezará rápidamente y puede que haga más mal que bien, si no se conoce a sí mismo. Es en estos tiempos de adversidad y aflicción que aprendemos sobre nuestra debilidad.
Ahora bien, tenemos que avanzar y considerar ahora en tercer lugar, la presencia que disfrutó mientras estaba preso.
Sin duda las promesas en estos sueños lo animaron mucho y mantuvieron altas sus esperanzas—lo guardaron de la desesperación. Pero cuando reflexionaba en esos sueños, pudo haber dicho: “Bueno, el Señor me estaba prometiendo algo maravilloso. No hay duda de que estaba hablando. Pero después de todo lo que ha pasado estos últimos años, quizá malinterpreté cómo lo iba a cumplir. Quizá es una promesa de exaltación que tendrá lugar en el cielo. Quizá tendré un lugar especial de honor en el cielo”.
No sabemos. No sabemos lo que pasaba por la mente de José. No deberíamos especular, pero sabemos esto: El Señor se apareció a él igual que se le apareció a su padre Jacob. José podía decir estando preso: “El Señor se me apareció en sueños así como a mi Padre Jacob en un sueño en Betél. Dijo a mi padre: ‘No te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho’ (Gn 28:15). Y el Dios de mi padre también es mi Dios. Por lo tanto, mi Dios, el Dios de mi padre, no me dejará hasta que haya hecho todo lo que me dijo. El Señor prometió que estaría con mi padre a donde quiera que fuera y he hecho de este Dios mi Dios. Así que, Él estará conmigo en esta prisión”.
Y eso se convertiría en su ruego y oración mientras estaba en prisión. “Señor, sé tú conmigo, como estuviste con mi padre cuando estaba en la casa de Labán y sé tú conmigo como estuviste con mi padre cuando iba a encontrarse con mi tío Esaú y con los cuatrocientos hombres que estaban con él. Señor, dame señales de que estás conmigo. Lo que necesito ahora es tu presencia. No sé cuánto tiempo estaré en esta prisión. No sé cuánto tiempo estaré en estas circunstancias, donde estoy rodeado de idólatras paganos. Estoy atrapado con ellos. No me puedo alejar de ellos. Mi entorno no podría ser peor. No tengo comunión con otros. No tengo amigos que tengan cosas en común conmigo. Soy hebreo. Los demás tienen muchos dioses a los que adoran. No puedo tener comunión con otro creyente y no puedo hablar con otros sobre Jehová y las promesas y el Mesías. Estoy solo aquí en esta prisión, rodeado de todas estas influencias paganas de los extranjeros y no puedo alejarme de ellos”.
Si, la situación de José, sus circunstancias, su condición era mucho más solitaria y difícil que la nuestra en muchos casos. Su circunstancia era mucho más retadora y tentadora. Se hallaría anhelando los días pasados, cuando estaba en casa conversando con su padre Jacob.
Ambos amaban al mismo Señor y esperaban en las mismas promesas, creían en el mismo Mesías. Sin duda tenían una dulce comunión. Pero todo eso estaba en el pasado. No había visto a su padre en muchos años. Ya no tenía comunión. Estaba solo.
Así que, lo que más necesitaba era la presencia del Señor: “Señor, tu estuviste con mi padre dondequiera que estuvo, está así conmigo. Eres el Dios de Jacob y el Dios de Jacob no puede cambiar. Dame señales y pruebas de que estás conmigo”.
Y eso fue lo que ocurrió a su debido tiempo. El Señor estuvo con José y le mostró misericordia y le dio gracia a ojos del principal de la casa de la cárcel. Así que había pruebas o señales de en Su providencia de que estaba con él.
Sabemos que el Señor estaba con José porque no se hundía en la desesperación. No dijo: “Bueno, ¿para qué levantarme de la cama por la mañana en esta prisión? Estoy preso y rodeado de todos estos idólatras malvados. Ni siquiera quiero verlos hoy. Solo he tenido un problema tras otro. Primero, fui vendido como esclavo, luego, me acusaron falsamente y me aprisionaron. Ah, ¿de qué sirve seguir?”
No, vemos que era muy diligente. “El principal de la casa de la cárcel entregó en mano de José todos los presos que había en la casa de la cárcel; y todo lo que se hacía allí, él lo hacía” (Gn 39:22). Era un hombre ocupado en la prisión.
Era un hombre ocupado mientras esperaba que el Señor cumpliera Sus promesas. Aquí hay una lección importante para nosotros como creyentes y como Iglesia: estamos esperando y rogando en base a las promesas, pero seamos laboriosos.
Ocupémonos de la obra del Señor mientras esperamos que cumpla estas promesas. Habrá momentos donde nos veremos tentados a decir: “¿De verdad vale la pena? ¿Después de todas las decepciones que he tenido en mi vida, después de todos estos contratiempos, después de todo el dolor que he tenido en mi vida? ¿Para qué seguir?” Oh, ruega en ese momento las promesas de la presencia del Señor. “Señor, se tú conmigo como estuviste con Jacob y con José y con todo tu pueblo en la aflicción y la prueba. Sé tu conmigo”.
Ahora bien, puede que te preguntes: “¿Cómo está el Señor con Su pueblo?” Bueno, no se trata de alguna fuerza mística—algún sentimiento místico que tenga su pueblo que los lleve a pensar que el Señor está con ellos.
Lo que pasa cuando el Señor está misericordiosamente con Su pueblo es que envía Su Espíritu para fortalecerlos en el hombre interior. Así es como Él está con ellos. Envía a Su Espíritu para poner las verdades de Su Palabra en sus almas.
Los anima por ella. El Espíritu de Dios obra por medio de y junto con la Palabra para consolar, guiar y fortalecer al creyente en la aflicción. Esa es la presencia del Señor. Dios el Espíritu Santo obrando por medio de y junto con la Palabra para fortalecer al creyente en el hombre interior. Por eso debemos siempre caminar cercanamente con la Palabra, leer la Palabra, meditar en la Palabra, orar con la Palabra y, sobre todo, rogar las promesas y méritos de Jesucristo. ¡Ruega en base a los méritos de Su sangre!
“Señor, por amor a la sangre, se tú conmigo, fortaléceme en el hombre interior para que persevere a través de todas estas dificultades”.
Que el Señor bendiga Su Palabra en nosotros. Oremos.
Oh Señor, que nos maravillemos en estas cosas, que tú aun eres el mismo Dios, el mismo Dios fiel, el mismo Dios de reconciliación, que ofreces gracia y misericordia libremente a través de Jesucristo y que en Él haces grandes y preciosas promesas. Señor, bendice estas verdades en nuestra vida. Fortalece a tu pueblo con poder en el hombre interior y que otros sean animados para que tengan al Dios de José como su Dios y guía, hasta la muerte. Límpianos de todos nuestros pecados y llévanos con bien a casa. Todo esto pedimos, en el nombre de Jesús, Amén.