Primera parte—transición al Nuevo Testamento. La autenticación de los apóstoles.
Por el Rev. Keith Watkins
Esta es la sustancia de un ensayo que se dio en la conferencia dada en la Conferencia de jóvenes de la Iglesia presbiteriana libre, en abril de 1996.
Ciertamente, no hay nadie que no se haya percatado de que un árbol muy indeseado ha estado creciendo en el jardín de la iglesia que profesa a Cristo. Desde 1960 este árbol ha tenido un crecimiento extraordinario y ahora se ha esparcido tanto que es difícil encontrar una esquina donde sus ramas que crecen tan rápidamente no hayan llegado. Si bien lleva el nombre cristiano y es de profesión evangélica, donde quiera que ensombrece el cristianismo bíblico.
Este es el árbol del movimiento carismático, la sección del cristianismo que insiste en la continuidad de los dones extraordinarios del Espíritu Santo registrados en el Nuevo Testamento, tales como hablar en lenguas desconocidas al que las habla, emitir profecías divinas y realizar sanaciones milagrosas. En el Nuevo Testamento griego, la palabra usada para referirse a dones es charismata, la razón por la cual el movimiento es llamado carismático. De hecho, el Nuevo Testamento usa esta palabra para referirse a cualquier tipo de dones, tanto ordinarios como extraordinarios. Sin embargo, de acuerdo con el uso actual de la palabra y por claridad, en este ensayo se usará el término charismata para hablar de los dones especiales por los cuales se distingue el movimiento carismático.1
Hay dos formas de tratar con un árbol no deseado. La primera es cortar todas las ramas una por una. Podríamos hacer esto con el árbol carismático, comenzando con algunas de sus ramas más agrestes: El desorden irreverente en la adoración; el fraude de sus milagros; la teatralidad de sus líderes; la falsa inspiración de sus profecías y revelaciones; las manifestaciones absurdas de la Bendición de Toronto;2 sus compromisos con el ecumenismo que deshonran a Dios y niegan la verdad. Cortar sus afirmaciones dramáticas y sensacionalistas puede que sea entretenido—pero no edifica mucho, tampoco es completamente efectivo pues, deja que el tronco quede intacto. Se pueden podar algunas excrecencias excesivas, pero un carismático podado todavía es un carismático.
La segunda forma de abordar esto es poner el hacha en la raíz del árbol y talar el árbol entero, con raíz y rama. Esta es la manera que adopta este ensayo. Un hacha taladora de bosques a la altura de la tarea se puede encontrar en la doctrina bíblica del cesacionismo. Esta doctrina, afirmada por toda clase de cristianos ortodoxos a lo largo de los siglos, dice que los dones carismáticos cesaron por completo. La aseveración de que estos dones no cesaron es la base misma del movimiento carismático—y, por consiguiente, el hacha cesacionista corta la raíz misma del árbol. Solo al entender a partir de la Biblia que Dios cesó de conferir los dones carismáticos del Espíritu Santo, se puede entender que el movimiento entero es un engaño y que no proviene de Dios. El hacha del cesacionismo es un arma poderosa en Dios para la destrucción de todas las fortalezas carismáticas. Lamentablemente, en la confusión doctrinal de hoy en día, el cesacionismo es como el hacha que uno de los hijos de los profetas dejó caer en el agua. Se mantuvo hundida hasta que Eliseo la hizo flotar (ver 2a de Reyes 6:5-7). Necesitamos rogar al Dios de Eliseo que haga flotar una vez más la doctrina del cesacionismo.
¿Por qué cesaron los dones carismáticos? Ciertamente, si los dones de las lenguas, las profecías y las sanaciones eran necesarios en los tiempos del Nuevo Testamento, ¿aún son necesarios? ¡No! Dios, el dador de toda buena dádiva y todo don perfecto no hace nada sin una razón. Cuando dio los dones carismáticos lo hizo por una razón en específico—lograr ciertos propósitos definidos. La Palabra de Dios enseña claramente esas razones y propósitos—y aquí está el filo de nuestra hacha: Cuando examinamos esos propósitos, encontramos que todos eran de naturaleza temporal, estaban completamente confinados a la Iglesia primitiva del Nuevo Testamento. Ahora bien, esos propósitos se cumplieron y no tendría sentido o propósito conferir ahora los dones carismáticos. Por lo tanto, podemos estar seguros de que esos dones cesaron.
Se pueden establecer cuatro propósitos para la vigencia de dones carismáticos y todos son de naturaleza temporal—lo cual demuestra que ya no son necesarios: En primer lugar, marcar la transición del Antiguo Testamento al Nuevo Testamento; en segundo lugar, autenticar a los apóstoles; en tercer lugar, proporcionar revelación adicional mientras que el canon de las Escrituras estaba incompleto; y en cuarto lugar, indicar una adición inminente al canon de la revelación de las Escrituras. Con estos propósitos en mente, nuestro objetivo es dar golpes mortales a la raíz de este árbol carismático, para talarlo en su totalidad. Si tan solo estos propósitos se hubieran entendido, no hubiera habido un movimiento carismático.
1. Transición al Nuevo Testamento
El primer propósito de los dones carismáticos especiales era marcar la transición más importante entre el cierre de la dispensación del Antiguo Testamento y la apertura del Nuevo Testamento. Muy a menudo se descuida este aspecto de la historia de la Iglesia del Nuevo Testamento. El periodo durante el cual Dios dio los dones carismáticos extraordinarios fue extraordinariamente especial. Fue cuando Dios comenzó a administrar Su pacto de gracia de una forma nueva. Este cambio fue tan trascendental que Dios confirió los dones carismáticos a quienes estaban en la comunidad del nuevo pacto para marcar esto de una forma inconfundible.
En particular, la transición se trató de que los tratos salvíficos de Dios, que antes estaban ordinariamente reservados para los judíos, ahora se extiende a todo el mundo gentil. Cuando recordamos cuán difícil fue para el profeta Jonás aceptar que la misericordia de Dios se derramara sobre los gentiles de Nínive en un caso excepcional, podemos comenzar a entender cuán difícil habría sido para un judío aceptar la transición mucho más fundamental del Nuevo Testamento de abrazar a los gentiles en general. Los dones carismáticos fueron milagros designados para que los judíos reconocieran, como tuvieron que hacerlo los magos egipcios en su momento: “Dedo de Dios es este” (Ex 8:19).
El día de Pentecostés fue la inauguración oficial de la nueva dispensación. No es coincidencia que ese también fuera el primer día que cualquier don carismático se manifestara—en este caso, por medio del uso del don de lenguas. Los judíos de cada nación bajo el cielo estaban atónitos de que galileos sin estudios hablaran con fluidez en los diferentes idiomas de las naciones del mundo. Exclamaron en asombro “¿qué quiere decir esto?” Pedro alzó su voz y explicó que esto significaba la transición a la dispensación del Nuevo Testamento. “Mas esto es lo que fue dicho por el profeta Joel: Y sucederá en los postreros días, dice Dios, que derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, y vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños” (Hch 2:16,17).
¿Por qué estaban hablando en estos distintos idiomas? Porque ahora, en la nueva dispensación, Dios sería adorado en todas las naciones, incluso por los gentiles, de tal manera que “todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo” (v. 21). No importa quién fuera, judío o gentil, no importa qué idioma hablaran: si invocaban el nombre del Señor, serían salvos. Este cambio en la administración del pacto de Dios sería tan excepcional que estaría marcado por los dones carismáticos de profecías, visiones y sueños. Esta era la compresión apostólica del propósito de los dones carismáticos en el mismo día que fueron otorgados.
Cuando los gentiles en la casa de Cornelio fueron admitidos al pacto de gracia, fueron llevados a hablar en lenguas (Hch 10:44-47). Esto fue (por así decirlo) el Pentecostés de los gentiles y el don carismático de lenguas fue la prueba milagrosa de esta transición de la dispensación del Antiguo Testamento que mayormente era solo para los judíos a la dispensación del Nuevo Testamento que incluía a los gentiles. Más adelante, algunos judíos cuestionaron lo que sucedió entre los gentiles—¿cómo puede esto ser de Dios?—Pedro lo defendió refiriéndose al propósito transicional de los dones carismáticos: “Así que, si Dios les dio también el mismo don como a nosotros (…) ¿quién era yo para poder estorbar a Dios? (Hch 11:17). Esto alivió sus dudas: “Entonces, al oír estas cosas, callaron y glorificaron a Dios, diciendo: De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida” (v. 18). ¿Cómo llegaron a aceptar esta transición? Por la evidencia de los dones carismáticos de lenguas. Las lenguas eran para eso.
Pablo explicó el propósito transicional de los dones carismáticos en 1a de Corintios 14:21 cuando escribió lo siguiente en referencia a Isaías 28:11: “En la ley está escrito: En otras lenguas y con otros labios hablaré a este pueblo”. El don de lenguas era una señal que indicaba que la dispensación de los gentiles había llegado. Además, era una señal del juicio a los judíos que no creían: “Y ni aun así me escucharán, dice el Señor. Así que las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos” (vv. 21, 22). Puesto que los judíos eran tan duros de corazón, Dios reuniría a los gentiles y los diferentes idiomas que hablaban los cristianos primitivos eran la sentencia de muerte para la dispensación judía anterior.
Esta transición fue hace casi dos mil años. ¿Es remotamente posible que al final del siglo veintiuno Dios todavía esté marcándola con los dones carismáticos especiales? Por supuesto que no. Dios lo hizo suficiente en el primer siglo y quedó registrado en las Escrituras para nosotros para todas las eras. La caída de Jerusalén en el año 70 d. C. terminó definitivamente con la economía judía anterior y desde ese momento no se necesitaron más los dones especiales para este propósito, puesto que quedó muy claro que la transición se completó. Al demostrar el primer propósito de los dones carismáticos era temporal y se cumplió hemos dado el primer golpe a la raíz del árbol carismático con el hacha del cesacionismo.
2. La autenticación de los apóstoles
El segundo propósito de los dones carismáticos fue la autenticación—ratificar que los apóstoles del Nuevo Testamento eran los mensajeros verdaderos y auténticos del Señor. Cuando Dios levantaba mensajeros extraordinarios, a menudo los autenticaba dándoles poder para hacer señales y milagros. Cuando Moisés fue enviado a los hijos de Israel en Egipto, tuvo miedo y dijo: “He aquí que ellos no me creerán ni oirán mi voz” (Ex 4:1). Así que Dios le dio poder para hacer milagros—que su vara se convirtiera en una serpiente, que en su mano apareciera lepra y convertir el agua en sangre. ¿Por qué? Para que por medio de estas señales creyeran “que se te ha aparecido Jehová, el Dios de sus padres” (v. 5). Estos dones especiales tenían la intención de autenticar a Moisés como el mensajero verdadero de Dios. Nuevamente, los milagros de Elías y Eliseo tenían el objetivo de confirmar y autenticar su misión profética de parte de Dios. Por esta razón, el salmista junta a los profetas con las señales en el Salmo 74:9: “No vemos ya nuestras señales; no hay más profeta, ni entre nosotros hay quien sepa hasta cuándo”. Las señales milagrosas fueron diseñadas para autenticar los mensajeros extraordinarios de Dios.
Este también fue el método de Dios en el Nuevo Testamento. También fue con el Salvador mismo, “el Mensajero del pacto” (Mal 3.1), pues Pedro pudo predicar de “Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con maravillas y prodigios y señales que Dios hizo por él en medio de vosotros, como también vosotros sabéis” (Hch 2:22). Así fue autenticado el Mesías por medio de las señales extraordinarias que hizo. Nicodemo entendió esto cuando vino a Jesús en la noche, diciendo: “Sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no estuviera Dios con él” (Jn 3:2). Al responder la pregunta de Juan el Bautista: “¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?”, las palabras del Salvador fueron simples: “Id y haced saber a Juan las cosas que oís y veis”. ¿Qué cosas? Las señales milagrosas que estaba haciendo: “Los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos son limpiados, y los sordos oyen; los muertos son resucitados” (Mt 11:4-5). Estas señales demostraban que Él era Aquel que vendría, el Mesías enviado.
Si Moisés el legislador, Elías y Eliseo, los profetas e incluso Jesús el Mesías fueron autenticados por las señales que hicieron, ciertamente esperaríamos que los apóstoles también fueran autenticados como los mensajeros inspirados de Dios. Y lo fueron. Su comisión divina fue autenticada por medio de los dones carismáticos de la iglesia primitiva del Nuevo Testamento. Entender esto es vital: En aquellos días, donde abundaban los falsos apóstoles, los dones carismáticos fueron otorgados para autenticar a los verdaderos mensajeros apostólicos de Cristo. Por ejemplo, Pablo pudo demostrar que su apostolado era genuino por medio de las señales milagrosas que hizo: “Con todo, las señales de apóstol han sido hechas entre vosotros con toda paciencia, en señales, y en prodigios, y en maravillas” (2 Co 12:12). Los otros apóstoles—los que escucharon al Señor en los días de Su carne—gozaron de la misma aprobación y autoridad: “Testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversas maravillas y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad” (Heb 2:4).
Está claro que las señales hechas por Pablo y los otros apóstoles autenticaron su comisión apostólica, pero ¿qué hay de los dones carismáticos que otros hicieron en la iglesia primitiva del Nuevo Testamento? A simple vista, pareciera que ni las sanaciones que Felipe el evangelista hizo en Samaria, por ejemplo, ni las lenguas que varios creyentes hablaban en Corintio tuvieran intención alguna de autenticar a los apóstoles. Pero al verlo más de cerca, ¡si es cierto que cada don carismático era la señal de un apóstol! Pues eran evidencias de la conexión a un apóstol. Esto se demuestra claramente en Hechos capítulo 8. Felipe el evangelista, que no era un apóstol, vino a la ciudad de Samaria y no solo estaba predicando sino también haciendo milagros. Los carismáticos usan esto como prueba de que todos los predicadores, incluso los que no son apostólicos, deben esperar que sus ministerios sean autenticados por señales y milagros. ¡Pero no es así! Incluso las señales de Felipe tenían la intención de autenticar a los apóstoles. Pues, si bien Felipe podía ejercer los dones carismáticos, no tenía el poder de impartir esa habilidad a nadie más. Solo los apóstoles, por habilidad divinamente otorgada, podían transmitir los dones carismáticos a otros. Las manifestaciones extraordinarias del Espíritu Santo no podían venir sobre ninguno de los creyentes en Samaria por medio del ministerio de Felipe—“porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos” (v. 16)—es decir, para darles dones carismáticos como en el día de Pentecostés. Solo el contacto apostólico podía impartir los dones carismáticos especiales del Espíritu Santo a otros. Esto sucedió solo cuando los apóstoles Pedro y Juan vinieron: “Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo” (v. 17).
Por lo tanto, cada vez que aparecen los dones carismáticos—sea quien sea que hablara en lenguas, profetizara, hiciera milagros o sanara—se trata de una autenticación de los apóstoles, porque en cada caso la posesión de tales dones puede rastrearse hasta un apóstol. Nadie más que un apóstol tenía la habilidad instrumental de transmitir un don carismático. En cuanto a esto, Simón el mago, aunque no tenía parte ni suerte en la gracia salvadora, entendía mucho más que los carismáticos actuales de qué se trataban los dones carismáticos cuando “vio que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo” (Hch 8:18). Así que ya sea que los dones carismáticos hubieran sido ejercidos por los apóstoles o por evangelistas como Felipe o incluso por creyentes ordinarios como los de Corinto, no hay diferencia. Todos los dones carismáticos autenticaban a los apóstoles.
¿Los apóstoles necesitan ser autenticados hoy en día? Desde luego que no. En el testimonio de las Escrituras tenemos suficiente evidencia de su autenticación de parte de Dios. Debemos seguir el principio enfatizado en Juan 20:30-31: “Y también hizo Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, que no están escritas en este libro.
Pero estas se han escrito, para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre”. Si buscamos pruebas de la comisión apostólica, no debemos esperar que se hagan señales milagrosas otra vez delante de nosotros, más bien, debemos creer las señales apostólicas que están escritas en la Palabra de Dios.
Antes de que se cerrara el canon del Nuevo Testamento, la habilidad apostólica de realizar milagros ya estaba disminuyendo. En su última epístola inspirada, Pablo escribió: “Erasto se quedó en Corinto, y a Trófimo dejé en Mileto enfermo” (2 Ti 4:20). ¿Por qué Pablo no sanó a Trófimo si no era porque los dones carismáticos de sanación ya estaban siendo retirados? Después de este, Pablo escribió solo dos versículos inspirados más. Por medio de esto, pareció bien al Espíritu Santo mostrar que ya los apóstoles fueron confirmados suficientemente por medio de los milagros que ya habían hecho. Sus dones carismáticos ya no eran necesarios y se estaban yendo—si no es que ya se habían ido por completo.
Algunos carismáticos intentan evadir este razonamiento insistiendo en que la Iglesia aún tiene apóstoles hoy en día, que necesitan su autenticación personal, así como los del Nuevo Testamento recibieron la suya. Pero no puede haber apóstoles al final del siglo veintiuno. Por un lado, una de las calificaciones necesarias para un apóstol era haber visto a Cristo, respecto a lo cual Pablo escribió: “Y al último de todos, como a uno nacido fuera del tiempo, se me apareció también a mí” (1 Co 15:8). Además, el ministerio de los apóstoles, junto con el de los profetas del Nuevo Testamento que ejercieron los dones carismáticos de profecía (como Agabo en Hechos 11:28), fue fundacional. La Iglesia del Nuevo Testamento se edificó “sobre el fundamento de los apóstoles y profetas” (Ef 2:20). ¡Un fundamento no tiene que echarse dos veces! Ahora que ese fundamento apostólico está plenamente establecido en las doctrinas de las Escrituras del Nuevo Testamento escritas por ellos y sus colaboradores más cercanos, el oficio extraordinario de apóstol ya no es necesario. Fue un oficio temporal confinado a los primeros días de la Iglesia del Nuevo Testamento. Por lo tanto, puesto que ya no hay necesidad de autenticar a los apóstoles, la autenticación de los dones carismáticos es redundante.
Ya hemos demostrado, por consiguiente, que este segundo propósito de los dones carismáticos de autenticación era temporal y se cumplió hace mucho tiempo. Al hacerlo, se ha dado el segundo golpe mortal al árbol carismático con el hacha cesacionista. Los dones han cesado.
1. El pentecostalismo, el precursor del movimiento carismático, comenzó alrededor del inicio del siglo veinte, con la misma afirmación central: Que poseían y ejercían los dones carismáticos. Toman su nombre del día de Pentecostés, cuando los dones carismáticos se manifestaron por primera vez.
2. Desde que se escribió este ensayo, las cosas han ido desde lo sublime hasta lo ridículo. Algunos carismáticos ahora afirman que Dios convirtió sus dientes en oro milagrosamente.