(Por el Rev. Donald Beaton)
Como iglesia somos pocos en número en comparación con otras. Muchos en el ámbito religioso del mundo no nos conocen, y entre quienes nos conocen, solo unos pocos entienden nuestra posición. Se nos ha malinterpretado y tergiversado a tal grado que para muchos no somos más que “el desecho de todos” (1 Co 4:13) y que no vale la pena tomarnos en cuenta sino para ridiculizarnos. En vista de esto no tenemos altas expectativas de tener el favor del mundo desde su punto de vista, pero tenemos una herencia invaluable. Herencia que debemos entregar sin mancha a las generaciones futuras, haciendo nuestro mayor esfuerzo para lograrlo.
Cuál es nuestra herencia presbiteriana
La Biblia
En nuestra herencia presbiteriana hay una Biblia abierta—y una Biblia completa. El credo de nuestra iglesia es que la Biblia es la Palabra inspirada, infalible e inerrante del Dios viviente y que esa es nuestra única regla para dirigirnos en cómo podemos glorificar a Dios y disfrutar de Él. No tenemos lugar para la Biblia mutilada de los llamados críticos superiores y nunca los hemos aceptado como guías para que nos digan qué es la Palabra de Dios y qué no lo es. No es consistente con nuestra herencia enseñar doctrinas de hombres como mandamientos o hacer que los nuestros sigan como esclavos aquello que está edificado en la arena de la especulación.
Predicar el Evangelio
Nuestra herencia es tener un Evangelio completo que enfatiza la ruina del hombre por la caída de Adán, la redención a través de la sangre de Cristo y la obra regeneradora del Espíritu Santo. En la predicación del Evangelio hay una declaración de todo el consejo de Dios con respecto a la miseria de todo aquel que rechaza el glorioso remedio provisto para la condición perdida y ruinosa del hombre y con respecto a la gloria indecible de todos los que aceptan ese remedio. Donde esta predicación se hace fielmente la mira está puesta solamente en la gloria de Dios y en el bien de las almas inmortales. No hay complacencia a los deseos de la carne ni supresión de verdades por temor a desagradar a los hombres y a las mujeres que puede que se sientan importantes en su propia opinión. El predicador sabe muy bien que está bajo ante los ojos de un Dios que todo lo ve, a quién tendrá que dar cuentas y para dar esas cuentas con gozo debe renunciar a sí mismo como buen soldado de Jesucristo. Además de tener la mira puesta en la gloria de Dios, tiene un celo por las almas de sus oyentes, esto debería hacer que el predicador predique cada vez como si fuera la última vez que lo hará en esta tierra. Una gran parte de nuestra herencia es tener tales predicadores.
Distinguir al pueblo del Señor
En nuestra herencia sacamos lo precioso de lo vil lo que respecta a la profesión de religión. Los consistorios en toda la iglesia ejercen sus funciones en examinar a los que desean participar de los sacramentos. Es bueno que esto se haga, pues de otro modo, muchos con una audacia que no proviene de la gracia presumirán hacer una profesión pública de fe. No solo los consistorios realizan su deber en cuanto a esto, sino también cada ministro antes de administrar el sacramento de la Cena del Señor por medio de lo que comúnmente se conoce como “cercar la mesa”. Esto se hizo en la iglesia de Escocia en sus mejores días. En el Directorio para la adoración pública, acordado por los divinos de la Asamblea de Westminster y ratificado en 1645 tanto por la Asamblea general de la iglesia de Escocía como por el Parlamento Escocés, leemos lo siguiente en conexión a este deber:
Seguidamente, él (el ministro) debe, por un lado, advertir en nombre de Cristo a todos los ignorantes, escandalosos, profanos o que viven en cualquier pecado u ofensa contra su conocimiento o conciencia, que no sean presuntuosos participando de la santa mesa, mostrándoles que los que comen y beben indignamente, comen y beben juicio para sí mismos. Y, por otro lado, debe invitar y animar de forma especial a que participen de la mesa todos aquellos que están trabajados y cargados bajo el peso de sus pecados y el temor de la ira y que desean alcanzar un progreso mayor en la gracia del que han alcanzado hasta ahora. En el mismo nombre, debe asegurar sus almas débiles y cansadas de aquel alivio, refrigerio y fortaleza.
Una parte muy importante de la preciosidad de nuestra herencia, en estos días de admisión indiscriminada a la mesa del Señor, es que este deber todavía sea llevado a cabo entre nosotros.
Lo que nos costó nuestra herencia presbiteriana libre
La invaluable herencia no es nuestra sin un alto costo. Se nos entregó a expensas de mucho trabajo, sudor y sangre. Para ver esta verdad no necesitamos ir más allá de nuestra tierra natal.
Reformadores y pactantes
¿Quién no ha oído hablar de John Knox, George Wishart, Andrew Melville y Alexander Henderson y una hueste de otros demasiado numerosa para mencionarse? Sus vidas y sus luchas a favor de la verdadera religión están unidas a la historia de Escocia de tal manera que nadie puede leer la historia de nuestra tierra natal sin darse cuenta del papel importante que jugaron al darnos una herencia religiosa. Por eso los romanistas y quienes los apoyan hacen todo lo posible por falsificar la historia escocesa y calumniar la memoria de aquellos testigos de la verdad honrados por Dios.
Normalmente es visto como algo despiadado que alguien difame la memoria de otra persona que ya no puede defenderse, pero evidentemente es bastante permisible tratar así a nuestros reformadores y pactantes. ¿Fue por ganancia personal que estos reformadores y pactantes sufrieron todas estas pruebas que soportaron en su vida y corrieron el riesgo de ser aborrecidos después de la muerte? Un vistazo de sus vidas debería ser suficiente para responder esa pregunta de forma negativa, pues sus acciones claramente demostraron que estaban actuando por el celo de la gloria de Dios y un deseo santo de entregar la Palabra pura de Dios a las generaciones futuras. A través de mucho esfuerzo, sudor y sangre pudieron entregarnos una herencia invaluable y al hacerlo sacudieron los mismos fundamentos de la Iglesia de Roma. De ahí el empeño de los emisarios de aquella iglesia apóstata en sus esfuerzos por difamar a nuestros reformadores.
El Cisma
No solo nos costó mucho nuestra herencia en la primera y segunda Reforma, sino también nos costó mucho en el Cisma. El deber del magistrado civil es proteger la Iglesia de Dios y no adjudicarse ningún poder que pertenezca a la Iglesia. Podría decirse que la historia de la Iglesia de Escocia se compone de una larga serie de conflictos en cuanto a este punto. El magistrado civil una y otra vez invadió la esfera que le pertenece propiamente a la Iglesia hasta que ese conflicto terminó en el Cisma. ¿No costó nada a los que participaron en dar este paso para vindicar los derechos de la corona del Redentor? Las dificultades de ese tiempo testifican ampliamente de cuánto costó y de con cuánta alegría se asumió ese costo. Sin embargo, el Altísimo repuso a Sus testigos toda la pérdida que soportaron dándoles Su presencia en gran medida en medio de las pruebas. No solo les repuso espiritualmente, sino que también, Aquel que posee “la tierra y su plenitud” satisfizo todas sus necesidades temporales, para que tuvieran iglesias y casas parroquiales en lugar de aquellos que tuvieron que dejar por amor a su conciencia y les demostró también que suya es la plata y suyo es el oro. Lo que Dios dio a esa generación de Sus misericordias temporales, ellos se lo dejaron a las generaciones futuras.
La Iglesia Presbiteriana Libre de Escocia
Se pueden aplicar las palabras de Cristo a las generaciones que vinieron después de los hombres del Cisma: “Otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores”, y dieron una de las pruebas más claras de cómo el hombre arruinado, cuando se lo deja por sí solo, abusa de los dones de Dios. Los fondos que Dios dio para sostener a Su iglesia fueron usados para difundir perspectivas infieles en sus institutos y entre sus ministros, de tal manera que olvidaron a Dios y se rebelaron contra Él. “Pero engordó Jesurún, y tiró coces (te engordaste, te engrosaste, te cubriste de grasa), y dejó al Dios que lo hizo y menospreció a la Roca de su salvación” (Dt 32:15).
Sin embargo, el propósito de Dios no era quedarse sin testigos en Escocia y cuando la una vez gloriosa Iglesia Libre de Escocia, por medio de un Acto de su Asamblea aprobó constitucionalmente el Acto de barrera, se separó y se desvió de una fe en la Biblia infalible y de su adherencia a los estándares subordinados que se basan en ella y se rehusó, por amplia mayoría, a derogar ese Acto que deshonraba a Dios y provocaba Su ira, una voz y solo una voz (la del Rev. Donald MacFarlane) fue oída en su Asamblea testificando en nombre de Dios y Su Palabra y proponiéndose, en las fuerzas de la gracia, dejar el legado de la herencia de la primera y la segunda Reforma y del Cisma a las generaciones futuras. El sonido de esa voz solitaria en la Asamblea de 1893 comenzó un éxodo del Acto declaratorio de la Iglesia Libre que, aunque no fue acompañado por bombos y platillos y el mundo solo lo consideró como objeto de burla, fue el medio por el cual Dios preservó la Iglesia de Cristo en Escocia hasta hoy.
¿Cuál fue el costo? Aquel que alzó su voz y todos los que lo apoyaron fueron sacados de las iglesias y casas parroquiales que ellos y sus antepasados ayudaron a construir y tuvieron que adorar a Dios en la ladera, donde las escuelas locales no eran las más convenientes para hacerlo, en cuanto a esto último, sus viejos amigos que solían denunciar en alta voz el Acto declaratorio, a menudo usaron su posición como miembros de las juntas escolares para negarles protección contra la intemperie cuando se disponían a participar del acto solemne de adorar a Dios. El movimiento no era popular entre la vasta mayoría y todos los que lo apoyaban eran vistos como objetos de burla y persecución. Una gran parte de las pruebas fue la separación de viejos amigos. Había algunos que parecían ser hombres que defenderían la causa de Cristo ante una crisis y cuyas advertencias a sus compañeros crearon esas expectativas, pero demostraron ser hombres más de palabras que de hechos. Los que nos dejaron el legado de nuestra herencia tuvieron que alejarse de tales hombres y Dios cumplió Su promesa a ellos: “Y todo aquel que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna”.
Reimpreso de la Free Presbyterian Magazine (Revista presbiteriana libre), enero de 1941