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¿Las mujeres pueden dirigir la oración pública?

Esta pregunta es una que solo las Escrituras pueden respondernos. Hay dos pasajes claros en el Nuevo Testamento que tratan el tema. Siempre debemos usar pasajes como estos, que son abundantemente claros, y luego proceder a interpretar cualquier referencia que sea menos clara en comparación. 

1a de Timoteo capítulo 2 

Pablo hace el siguiente requisito positivo en 1a de Timoteo 2:8: “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda.” Esto se dice en el contexto de la enseñanza acerca de la oración pública en la cual el apóstol habló de: tipos de oración, por qué cosas debemos orar, las razones para realizar ciertos tipos de intercesión y la base que la oración encuentra en la obra mediadora de Cristo (1 Tim 2:1-7). El contexto más amplio de los siguientes capítulos se relaciona con el orden dentro de la Iglesia de Dios (1 Tim 3:15) y especialmente con los roles y cualidades de los hombres y las mujeres. 

El versículo 8 define el lugar de la oración pública: Es “en todo lugar” o literalmente “en cada lugar”. Al parecer, la iglesia en Éfeso (donde Timoteo trabajaba), se componía de varias congregaciones y esto parece hacer referencia a las reuniones públicas en cada lugar. Por lo tanto, es una declaración categórica que debe aplicar universalmente en cada lugar donde se ofrece la oración pública. Esta es la instrucción manifiesta del apóstol y el requisito para cada asamblea. Pablo sabría que estas palabras irían más allá de Éfeso como palabras de autoridad. Quizá también estaba pensando en el cumplimiento de Malaquías 1:11: “En todo lugar se quemará incienso a mi nombre”. 

Después de hablar de lo que toma lugar, el apóstol es igualmente categórico sobre quién debe dirigir la adoración pública. Deben ser “los hombres”, literalmente “los hombres” (tous andras en griego). Esta palabra griega para referirse a los hombres habla exclusivamente de varones, en lugar de hembras, en contraste con la palabra general que se refiere a toda la humanidad (anthropos), como ocurre en los versículos 1, 4 y 5. 

Después de tratar con la forma de la oración pública: “Levantando manos santas, sin ira ni contienda”, el apóstol establece aún más el contraste entre los hombres y las mujeres en la oración pública. Precede a tratar expresamente con cómo deben conducirse las mujeres en el asunto de la oración pública. En 1a de Timoteo 2:9 establece una contraparte: “Asimismo también las mujeres se atavíen con ropa decorosa (…)” No solo deben vestirse de la manera correcta para la adoración pública, sino también deben aprender en silencio, con sumisión a lo que se enseña: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción” (1 Ti 2:11). Hay una conexión entre las dos porque la manera como nos vestimos revela nuestras actitudes y formas de pensar. Pablo explica que el fundamento de esto viene del orden de la creación: “Porque Adán fue formado primero, después Eva” (1 Ti 2:13). Es evidente que dirigir la oración pública no es de ningún modo consistente con el silencio y la sujeción. Pablo dice claramente “porque no permito a la mujer enseñar, ni tomar autoridad sobre el hombre, sino estar en silencio” (1 Ti 2:12).

1a de Corintios 14:34-36

Este pasaje es muy similar al que acabamos de ver. El contexto más amplio de este pasaje está igualmente relacionado a la oración (específicamente en relación a las lenguas) y la conducta en la adoración pública. Estos versículos también hablan del silencio y la sujeción como el papel apropiado de las mujeres durante la adoración pública, en armonía con el principio del liderazgo masculino. “Vuestras mujeres callen en las iglesias, porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también lo dice la ley” (1 Co 14:34). La referencia a “las iglesias” podría ser perfectamente un equivalente a “en todo lugar”. Evidentemente, había varias congregaciones en Corinto también. También expresa el hecho de que estos son los requisitos no solo para Corinto, sino para cada iglesia. Esto parece evidente por las palabras que preceden al versículo 34: “Porque Dios no es Dios de confusión, sino de paz, como en todas las iglesias de los santos.” El versículo 36 retoma este tema una vez más, rechazando cualquier falta de uniformidad en este punto entre Corinto y todas las demás iglesias: “¿Acaso ha salido de vosotros la palabra de Dios? ¿O sólo a vosotros ha llegado?” Para subrayar aún más este requisito de autoridad, Pablo   sigue diciendo: “Si alguno cree ser profeta o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor”. 

1a de Corintios 11:4-6

“Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta afrenta su cabeza.

Mas toda mujer que ora o profetiza con la cabeza no cubierta afrenta su cabeza, porque es lo mismo que si estuviera rapada. Porque si la mujer no se cubre, córtese también el cabello; y si le es deshonroso a la mujer cortarse el cabello o raparse, cúbrase”. 

Este pasaje también trata con la conducta en la adoración pública. También habla de la conducta deshonrosa en la adoración pública. Que una mujer se quite la cobertura de la cabeza en la adoración pública es como si tuviera la cabeza rapada—es “deshonroso” (1 Co 11:6). Esta misma palabra “deshonroso” (aischron en griego) aparece en “es vergonzoso que una mujer hable en la iglesia” (1 Co 14:35). Por lo tanto, Pablo está condenando implícitamente que las mujeres hablen públicamente incluso en el capítulo 11, aunque no está detallado en su totalidad en esta etapa. Esto no es necesario, pues lo abordará por sí solo en el capítulo 14 con mayor detenimiento. Solo describir una práctica no puede considerarse como aprobación, especialmente cuando está descrita en estos términos. De hecho, está describiendo una práctica deshonrosa y es completamente injustificable inferir que hablar en público sería aceptable cubriéndose la cabeza. 

Juan Calvino lo expresa muy bien: 

Sin embargo, puede parecer superfluo que Pablo prohíba que la mujer profetice con la cabeza descubierta, mientras que en otro lugar prohíbe que las mujeres hablen en la iglesia por completo (1 Ti 2:12). Por lo tanto, no tendrían permitido profetizar incluso si tuvieran la cabeza cubierta, y en consecuencia, se deduce que está argumentando aquí sobre cubrirse la cabeza sin propósito. Se puede responder a esto que el apóstol, al condenar lo uno, no está elogiando lo otro. Pues al reprenderlas por profetizar con la cabeza descubierta, al mismo tiempo no les da permiso para profetizar de cualquier otra manera, sino más bien, relega la condenación de ese mal a otro pasaje, es decir, 1a de Corintios 14. En esta respuesta no hay nada incorrecto, aunque al mismo tiempo, aunque al mismo tiempo, sería muy apropiado decir que el apóstol requiere que las mujeres muestren su modestia—no solo en un lugar en el que toda la Iglesia está reunida, sino también en cualquier asamblea digna, ya sea de matronas o de hombres, las cuales se realizan en casas particulares.

Conclusión

Vimos que el Nuevo Testamento claramente requiere que solo los hombres dirijan la oración pública. Vale la pena notar también que no hay ejemplos registrados en las Escrituras de mujeres liderando la oración pública, aunque estaban presentes. Antes de la ley de Moisés parece que la cabeza del hogar dirigía la adoración invocaban “el nombre de Jehová”. Nada de esto debe llevarnos a restarle valor o menospreciar de ninguna manera el elogio que las Escrituras hacen de las oraciones privadas ofrecidas por muchas, como Ana en el libro de 1a de Samuel, Ana en el libro de Lucas y otras diligentes “en súplicas y oraciones noche y día” (1 Ti 5:5). 
La presencia de la mujer en las reuniones de oración y las reuniones públicas es vital, pues todos nos unimos en oración, aunque solo uno dirige. Leemos en Hechos 1:14 que los apóstoles “perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres.” Se menciona honrosamente la presencia de mujeres fieles, pero vemos en los versículos 24 al 25 que si bien dice “oraban”, es decir, todos los que estaban allí, era evidente que uno de los apóstoles estaba dirigiendo la oración. En Hechos 4:24 había una reunión de oración y “alzaron unánimes la voz a Dios”, aunque claramente debió ser una persona la que guio la oración. El punto es que aunque uno solo fue la boca de la congregación, todos se unieron a ella e hicieron suya la oración. “Y cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaron la palabra de Dios con denuedo” (v. 31). Nada de lo que hemos mencionado tiene la intención de excluir a las mujeres de este tipo de participación, ni del poder y la bendición que pueda venir de la oración pública. Lo que las mujeres no deben hacer es dirigir la oración pública.

Matthew A. Vogan

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