Los hombres y las mujeres son diferentes. Eso es obvio. La Biblia afirma que su valor es igual delante de Dios, pero también reconoce sus diferencias y demanda varias cosas en base a esas distinciones. Una de las distinciones tiene que ver con la vestimenta. Dios pide que los hombres y las mujeres, los niños y las niñas, manifiesten su diferenciación vistiéndose de manera distinta. Hay ropa masculina que solo los hombres y los niños deben vestir y hay ropa femenina que solo las mujeres y las niñas deben vestir. Esta distinción entre hombre y mujer es lo que demandan las Escrituras.
“No se pondrá la mujer prendas de hombre ni el hombre vestirá ropa de mujer, porque abominación es a Jehová tu Dios cualquiera que hace esto” (Dt 22:5).
Tan extraño como suene a los oídos de esta llamada generación “unisex”, esta es la Palabra de Dios que siempre permanece. El pueblo de Dios siempre está dispuesto a oír Su voz, no importa lo que tenga que decir.
Hay tanta ignorancia y falta de entendimiento sobre todo el tema de la vestimenta, que es necesario repasar el origen y la finalidad de la vestimenta, antes de tratar con las diferencias en la vestimenta.
1. El origen de la vestimenta
La vestimenta no era necesaria en la creación
Nuestros primeros padres, Adán y Eva, fueron vestidos espiritualmente de la imagen de Dios y de justicia original. No había necesidad de que sus cuerpos fueran cubiertos por prendas. No solo fue Dios quien consideró que esto era correcto y “muy bueno” (Gn. 1:31), sino que tampoco Adán y Eva sintieron vergüenza: “Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban” (Gn 2:25).
La necesidad de la vestimenta es introducida por la caída
No fue sino hasta que pecaron que Adán y Eva sintieron la necesidad de vestirse. Este fue el resultado instantáneo de su pecado: “Y fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales” (Gn 3:7). Sintieron la necesidad antes de que escucharan la voz del Señor (Gen. 3:8), después de lo cual hicieron un intento vano de aplacar sus conciencias culpables, después de haber pecado. Habían perdido la justicia original que cubría sus almas y ahora sentían “la vergüenza” de la “desnudez” (Ap 3:18). Por lo tanto, sentían la necesidad de cubrir sus cuerpos. De esto aprendemos dos cosas:
- La audaz desvergüenza de aquellos que promueven descubrir el cuerpo, los llamados “nudistas”. Solo ignorando su pecado vergonzoso podrían defender un concepto como ese. Niegan que nuestra naturaleza no es como era cuando fuimos creados, sino que es una naturaleza caída y corrupta. La “naturaleza” caída del hombre ahora requiere que el cuerpo sea cubierto con una vestimenta y no que se deje desnudo. La gloria de los naturistas es su vergüenza.
- La necedad de los que se van al extremo opuesto, para gloriarse en ropa y vestimentas y en lo último de la moda, como si fuera algo de lo que deberíamos estar orgullosos. ¡La ropa es un símbolo de nuestra vergüenza, no una razón para estar orgullosos! La vestimenta es un triste recordatorio de que somos una raza caída. Así como nuestra naturaleza interna fue despojada de su cobertura original de justicia y necesita cubrirse de otro modo, de la misma forma nuestro cuerpo necesita prendas que lo escondan. Los que exaltan la vestimenta están entre aquellos cuya “gloria está en su vergüenza, que piensan en lo terrenal” (Flp 3:19). Muchos necesitan escuchar la reprensión dada a los laodicenses: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado y miserable y pobre y ciego y desnudo” (Ap 3:17). ¡La vestimenta habla de lo que debería humillarnos, no exaltarnos!
La diferencia entre cómo se viste el hombre y cómo lo viste Dios
En Génesis 3:7 tenemos la manera en la que el hombre intenta cubrir la vergüenza de su desnudez cosiendo hojas de higuera y haciéndose delantales. En Génesis 3:21 vemos la manera de Dios, sacrificando animales para hacerles abrigos. Hay un contraste muy instructivo aquí.
- En primer lugar aprendemos sobre la insuficiencia de las ideas que tiene el hombre sobre cubrir su desnudez. Cuando sus ojos fueron abiertos, supieron que estaban desnudos y la “naturaleza misma” les enseñó que necesitaban una vestimenta. Pero ¿qué hicieron? Hicieron delantales de hojas de higuera. ¿Qué hizo Dios, cuyos ojos contemplan todas las cosas y que conoce y entiende todas las cosas hizo para ellos? Les hizo abrigos con piel de animales. La distinción está aquí: el abrigo cubre más que el delantal. Desde luego, podemos espiritualizar el hecho de que las hojas de higuera de la justicia propia del hombre son insuficientes y que tenemos necesidad de la justicia divina de Cristo. Pero existe otra razón en un nivel muy práctico. Hay una tendencia entre los hombres caídos y las mujeres de subestimar cuánto deben cubrirse. En esta época degenerada nos encontramos con el impío espectáculo de insuficiente vestimenta por todos lados y no solo entre las mujeres, sino a veces también entre los varones. Esto proviene de la caída. ¡Dios y el hombre veían esto de una manera diferente desde el principio! Lo que es requerido en cuanto a nuestra modestia es a menudo malentendido entre los hombres caídos. Cuando los hombres y las mujeres que profesan ser cristianos se conforman a la inmodestia del mundo, se ponen del lado del hombre caído que está en contra Dios en este antiguo debate.
- En segundo lugar, aprendemos sobre nuestra necesidad de consultar a Dios a través de Su Palabra qué se considera apropiado como vestimenta. Esta no es un área que se nos deja a nuestra propia imaginación, sino que, al igual que Dios a través de Su acción en el principio, así también a través de Su Palabra desde ese momento en adelante regula qué vestimenta es apropiada para el hombre y para la mujer. Al sustituir sus delantales de hojas de higuera por Sus abrigos de piel, Dios manifestó que era Su derecho soberano determinar qué vestimenta es apropiada para el hombre. La obediencia a Dios incluye obediencia en la ropa que vestimos.
- Aprendemos en tercer lugar, a partir del simbolismo espiritual, que como pecadores solo por medio de la justicia que Dios proporciona es que la desnudes pecaminosa de nuestras almas puede ser cubierta, no por medio de alguna justicia de hojas de higuera que podamos coser, la cual es trapo de inmundicia. El Salvador invitó a los laodicenses: “yo te aconsejo que de mí compres … vestiduras blancas, para vestirte y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez” (Ap 3:18). En la justicia de Cristo hay vestimenta suficiente y apropiada para nuestras almas. Al pensar en la vestimenta, no debemos confinar nuestros pensamientos a la vergüenza de nuestro pecado, sino extenderlos a la gracia de Dios por medio de la cual viste a los creyentes con la vestimenta de la justicia de Cristo—la vestimenta es un recordatorio de ambas cosas.
2. Los objetivos de la vestimenta
1. Cubrir nuestra vergüenza
Ya hemos dicho mucho sobre este objetivo. Es suficiente decir que, si bien las prendas cubren en un sentido, aun así también son símbolos de nuestra vergüenza.
2. Evitar la impureza
«Asimismo también las mujeres se atavíen con ropa decorosa, con pudor y modestia” (1 Ti 2:9). La ropa es principalmente funcional para diferentes objetivos. De esta manera, tanto los hombres como las mujeres deben manifestar modestia en su vestimenta. No deben buscar elevar su estatus por medio de su vestimenta ni engalanarse con moda ostentosa. 1a de Pedro 3:2-4 establece pautas no solo para las mujeres, sino para todos. Ni el hombre ni la mujer debe pensar que la verdadera belleza consiste en lo que uno viste, sino en lo que uno es y hace delante de Dios.
Hay una manera de vestirnos que la Biblia clasifica como el “atavío de ramera” (Pr 7:10). Esta es la ropa que incita a la impiedad. Este es el atavío predominante entre muchos hoy en día, donde al desechar toda la modestia, solo puede cosecharse un aumento en la impiedad. La ropa que hasta no hace mucho era la vestimenta habitual de las rameras ahora se ha convertido en la ropa normal de oficina o incluso de la iglesia. La ropa que provoca los ojos o a actos de lujuria involucran a quien la viste en la participación del pecado de quien mira. En lugar de eso, incluso nuestra ropa debería revelar una “conducta casta” (1 P 3:2)—y eso está escrito en el contexto del “adorno” (v. 3). La vestimenta que debemos llevar es la que preserva nuestra castidad y la de los demás, no la que se convierte en una tentación o seducción a la deshonra—incluso si es solo de pensamiento.
3. Proteger de las condiciones climáticas
Después de la caída, al ser expulsados del huerto del Edén, nuestros primeros padres y su posteridad enfrentaron por primera vez condiciones meteorológicas en mayor medida: calor, frío, vientos y demás. La ropa nos protege contra todo esto, ya sea que proteja la piel de los rayos del sol o el cuerpo del frío. Dios en Su misericordia nos ha provisto de los materiales para hacer esta vestimenta. Es necedad y pecaminosidad no hacer uso de ellos y exponer nuestro cuerpo al peligro por motivo de vestir lo que está de moda en lugar de lo que es funcional.
4. Para realizar los deberes
El hombre debe trabajar y la mujer debe trabajar. Estando sujetos a los requisitos de la modestia, su vestimenta debe propicio al trabajo que tienen que hacer. En algunos empleos esto quiere decir que su ropa debe estar hecha intencionalmente para el trabajo, como por ejemplo, el overol del pintor, el casco del bombero y así sucesivamente. Pero al menos, nuestra vestimenta debería ser adecuada para nuestro trabajo.
5. Para distinguir a las personas
La vestimenta es una de las maneras que Dios designó para distinguir a superiores, subordinados e iguales y de esta manera son una forma de preservar el honor que le pertenece a cada uno en sus lugares y relaciones respectivas, como lo explica el Catecismo menor al tocar el quinto mandamiento. Más abajo se hablará de las distinciones entre los hombres y las mujeres.
Cuando la ropa no cumple con estos objetivos, es ropa contraria al designio del Señor en cuanto a nuestra vestimenta y, por lo tanto, es abominable delante de Él, no importa cuán agradable sea para nosotros y nuestros ojos terrenales—y es condenado por Él como “vestidos extranjeros” (Sof 1:8).
3. La distinción entre hombre y mujer en la vestimenta
Dios se reservó el derecho de regular nuestra vestimenta. Cuando leemos Su Palabra y buscamos una guía, ¿qué encontramos? Encontramos varias cosas, pero aquí nos enfocaremos en la demanda de que exista la distinción entre hombre y mujer. Esta está contenida en Deuteronomio 22:5:
No se pondrá la mujer prendas de hombre ni el hombre vestirá ropa de mujer, porque abominación es a Jehová tu Dios cualquiera que hace esto.
Deuteronomio 22:5
Las mujeres no deben vestir la ropa de los hombres. Los hombres no deben vestir la ropa de las mujeres. Eso es lo que el texto enseña claramente. Muchos hoy en día quieren descartarlo como poco importante e irrelevante. Eso es un error.
1. El texto establece el requisito de Dios
Esto no es una institución humana, del cual las criaturas puedan prescindir. Es divina. Dios, que no es autor de confusión y que quiere que todas las cosas se hagan decentemente y en orden demanda que la distinción entre hombre y mujer se manifieste en las prendas distintas que usan.
2. El texto subyace la importancia de este asunto
Algunos dicen: ¿Qué importa lo que vistamos? Piensan que como es el hombre que mira la apariencia externa, pero Dios mira el corazón, solo el corazón importa y la apariencia de la ropa es irrelevante. Pero no es así, pues aquel que transgrede estos requisitos “abominación es a Jehová”. ¡Abominación! Es una forma de hablar fuerte y asocia a los transgresores de este tipo con idólatras y sodomitas (Lv 18:22).
3. El texto asume que habrá una distinción
Es un hecho histórico y es lo que generalmente sucede en todo el mundo, que la ropa masculina y femenina es diferente. A partir de este testimonio casi universal solo podemos pensar que esto fue puesto en el consciente humano de alguna manera a partir de la caída y sin duda fue establecido más firmemente por el ejemplo del Señor cuando vistió a nuestros primeros padres. La “naturaleza misma” enseño a sus hijos e hijas a hacer distinción en sus vestimentas.
4. El texto basa la distinción en la diferencia de papel y ámbito entre el hombre y la mujer
Esto subyace el requisito. Se requieren distintos tipos de vestimenta como un medio para preservar y manifestar los distintos papeles de los hombres y de las mujeres. Esto puede verse en la palabra “de”. La palabra prenda puede traducirse, y es el caso con frecuencia, como contenedor, instrumento o incluso arma. Al ser objetos que se vestían alrededor del cuerpo, la mujer no debía llevarlos, pues eran de la competencia del hombre, de la esfera masculina y el papel del hombre como comerciante, artesano, cazador o soldado. Si ella vestía estas cosas se estaba imponiendo en lo que compete al hombre.
5. Por lo tanto, el texto establece un requisito moral, no uno ceremonial o judicial.
Se basa, no en una ordenanza tipológica reservada para el periodo del Antiguo Testamento, ni en una ordenanza civil apropiada únicamente para Israel, sino que es una expresión práctica de la Ley moral contenida en los Diez Mandamientos. Es una expresión práctica del quinto mandamiento en que procura mantener las diferencias entre el hombre y la mujer y la relación que debe existir entre ellos en sus diferentes ámbitos. Es una expresión práctica del séptimo mandamiento en que está diseñado para guardar la castidad y prevenir cualquier violación de la castidad. Qué temible impureza la que viene del “travestismo” y otros pecados “transgénero” deliberados y extremos contra este mandato.
6. El texto presenta un requisito permanente que aplica en todo lugar y en todo momento.
Puesto que es moral, es perpetuo. Algunos argumentan que el texto no aplica en los tiempos del Nuevo Testamento, pero se puede ver que esto no es cierto. Esto no es como el sacrificio animal, que se cumplió cuando Cristo vino al mundo y se ofreció a Sí mismo como el único sacrifico que realmente quitó la culpa poniéndole fin a todas estas ordenanzas tipológicas. Este requisito se basa en la distinción entre los hombres y las mujeres que comenzó en la creación. ¿Los hombres dejaron de ser hombres y las mujeres dejaron de ser mujeres porque Cristo vino al mundo? Gálatas 3:28 no nos enseña esto. La distinción entre papeles continúa; por lo tanto, La distinción entre prendas también continúan.
7. El texto no dice cuál es la distinción; lo deja indefinido
No hay nada en la Biblia que pida específicamente que los hombres vistan pantalones y que las mujeres vistan faldas. De hecho, tanto hombres como mujeres vestían falda o manto en las Escrituras. Rut dijo a Booz: “Extiende el borde de tu manto sobre tu sierva, por cuanto eres pariente redentor” (Rt 3:9). David cortó la orilla del manto de Saúl (1 S 24:4). Las vestiduras de Aarón tenían una falda (Sal 133:2). Así que no hay nada inherentemente malo en que las mujeres vistan pantalón y los hombres falda. Entonces, ¿por qué es incorrecto? Es incorrecto en una cultura como la nuestra donde los pantalones siempre se han reconocido como vestimenta de hombre y las faldas como vestimenta de mujer. Por lo tanto, en nuestra cultura, cuando una mujer usa pantalones, está usando lo que es del hombre—y eso es pecaminoso. Cuando un hombre usa una falda en nuestra cultura, se está poniendo la vestimenta de la mujer—y eso es pecaminoso. Por consiguiente, este requisito moral está condicionado culturalmente.
8. Sin embargo, el texto insiste en una distinción
Las distinciones entre los hombres y las mujeres deben definirse en la diferencia de vestimentas. Mantener esta distinción en la vestimenta es mantener la distinción entre la distinción misma entre los hombres y las mujeres. Dios, que hizo la fisiología masculina y femenina de manera distinta habría confeccionado la ropa masculina y femenina de forma distinta también. Según el grado en el que nuestra mente se conforme a la mente de Dios en las Escrituras tendremos un deseo de que se definan las distinciones entre hombres y mujeres en la vestimenta que usan. Las preguntas importantes no serán: ¿Qué también se ve esto? O, ¿cuán conveniente es vestir esto? Más bien, el hombre se preguntará: ¿Cuán masculino me veo? La mujer se preguntaría: ¿Cuán femenina me veo? Estas son preguntas que deben estar en nuestra mente. Puede ser que tengamos que ser transformados en todo nuestro enfoque en cuanto a la ropa renovando nuestra mente, para que ya no se conformen al patrón de este mundo y para que podamos comprobar cuál sea la buena voluntad de Dios agradable y perfecta en cuanto a lo que se debe y no se debe vestir (Ro 12:1). Decir que no podemos guardar el mandamiento porque no define a qué se refiere con prendas masculinas y femeninas es cuestionar la sabiduría de Dios que así redactó Su ley.
9. El texto es muy amplio en su alcance
Una mujer no debe vestir cualquier cosa que sea del hombre y ningún hombre debe vestir jamás una prenda de mujer. Las prendas de hombre deben ser masculinas en su apariencia; las prendas de mujer femeninas. Así, no solo se llama la atención a las prendas y a lo que pertenece a cada uno, sino también su estilo y color. Esto es relevante. Hoy en día los varones están vistiendo colores que definitivamente pertenecen a la mujer. Ciertamente un mandamiento como este debería ser de interés primordial al escoger y vestir nuestra vestimenta. Si nuestra mente estuviera con el Señor, ciertamente nos aferraríamos a esos aspectos de la vestimenta que mejor manifiestan esta distinción, no importa qué otros objetivos tengamos con nuestra vestimenta. Ciertamente nos distanciaríamos lo mejor que podamos de cualquier cosa que se incline a borrar esa distinción. El texto prohíbe cualquier ofuscación de esa distinción, pues cualquiera que lo hace es abominable delante de Dios.
¿Cómo se puede ofuscar? De las siguientes maneras: Con el travestismo y cualquier otra perversión, con cualquier otra manera que tenga como objetivo la impureza, pantomimas, la actual llamada moda “unisex” y la flexibilización general de los distintivos en esta área, que desde luego se enfocan especialmente en cuanto a que las mujeres usen pantalones.
¿las mujeres pueden vestir pantalones?
Volvemos a la pregunta que actualmente causa la mayor controversia. ¿Las mujeres deberían vestir pantalones? ¿Pueden vestir pantalones? A la luz de lo que anteriormente se dijo, obviamente no. No planteamos esto por algún deseo particular de atacar a las mujeres. Si la moda fuera que los hombres vistieran falda, entonces nos enfocaríamos en eso. Es solo que en nuestros días son especialmente las mujeres quienes están procurando romper con los papeles que Dios les dio (pues estas cosas están estrechamente relacionadas) y por lo tanto, también con su vestimenta distintiva.
En la sociedad occidental, durante muchos años hasta hace muy poco, los pantalones estaban en el ámbito masculino exclusivamente. Si cualquier prenda podía describirse como “de hombre”, era sin duda los pantalones. Las faldas eran lo que más distinguía la vestimenta femenina—era “de mujer”—más que cualquier otra prenda. Una prueba de esto es que las señalizaciones de los baños públicos hacen esta distinción usando solo esto como base: el hombre en pantalones y la mujer en una falda. Esta es la clave cultural de la diferencia entre la ropa masculina y femenina. Si los pantalones no pudieran asignarse a la mujer y los pantalones no pudieran asignarse a la mujer, entonces estamos cuestionando la sabiduría de Dios y Su mandamiento fuera imposible de implementar. La distinción entre la falda y los pantalones es lo que heredamos de nuestra cultura y por lo tanto, es lo que el mandamiento de Dios nos llama a vestir.
¿De dónde vino la práctica de que las mujeres vistieran pantalones? ¿Qué introdujo que las mujeres vistieran lo que es de hombre? Una de las causas principales vino de una actriz que en 1933 comenzó una nueva moda haciendo que las mujeres vistieran ropa de hombre. Hizo un escándalo cuando llegó a Paris desde Hollywood en un traje de hombre—sus labios y uñas pintadas combinaban con el color de su corbata. En efecto, había una ley en Paris en ese tiempo que iba en contra de que las mujeres llamaran la atención vistiendo ropa de hombre (Chronicles of the 20th Century, 21/5/33 [Crónicas del siglo veintiuno]). Miles de mujeres mundanas comenzaron a seguir a la actriz en esto.
Si tan solo pudiéramos ver cuán reciente es esta innovación, en especial por aquellos que son lo suficientemente jóvenes para ser tentados a pensar que es casi normal, las objeciones para insistir en este asunto desaparecerían. Es importante reconocer que este cambio aún está en proceso; aún no ha terminado de llegar. Los baños públicos en los aeropuertos y en otros lugares todavía usan señalizaciones que distinguen en base a esto. Puesto que es así, cuando una mujer viste pantalones en el presente está participando en la confusión de las distinciones entre hombre y mujer que el texto llama abominación a Dios—¡no es menos que un hombre vistiera una falda! Por lo tanto, pensamos que las mujeres temerosas de Dios desearían agradar al Señor lo más que se pueda y eso las alejaría de participar en esta rebelión contra Su orden. ¡Que la mujer piadosa se aferre con deleite a esta oportunidad dada por Dios de manifestar su distinción femenina del hombre! En nuestro día y cultura, aún existe una forma de que se vista de una forma que claramente la distinga del hombre. ¡Que lo haga para agradar a Dios! En medio de toda la confusión entre hombres y mujeres, que haga una clara afirmación de que está del lado de Dios usando prendas apropiadas a su feminidad y diferenciándose de la masculinidad.
Por el Rev. Keith M. Watkins