Iglesia Presbiteriana Libre de Escocia

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¿Por qué el Sábado debe guardarse todavía?

Un día en siete

Para la mayoría de las personas hoy en día guardar el Sábado es una cosa del pasado. Muchos, incluso evangélicos, se unen al mundo en negar la continuidad del Sábado. Pero ¿qué dice la Biblia sobre este asunto? En otras palabras, ¿qué dice Dios de este asunto? En vista de que tantos afirman que la institución del Sábado fue algo solo de los tiempos del Antiguo Testamento, ¿qué evidencia tenemos que nos asegure que el Sábado sigue vigente hoy en día como siempre lo estuvo?

Es sorprendente que el cuarto mandamiento sea uno del cual tenemos el ejemplo de Dios mismo. Leemos que Él “Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo, y reposó el día séptimo de toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que Dios había creado y hecho” (Gn 2:2-3). Dios estaba separando el séptimo día de cada semana como un día para que el hombre descansara de Sus obras ordinarias y pudiera tener la oportunidad de pensar en los caminos y las obras de Dios, incluyendo la obra de la Creación. 

Por lo tanto, no debemos sorprendernos al encontrar que cuando Dios dio los Diez Mandamientos a Israel en el monte Sinaí, el cuarto mandamiento se dio en forma de recordatorio, no como algo completamente nuevo: “Te acordarás del día del sábado para santificarlo (…)” (Ex 20:8). Así que debemos cuidarnos mucho de cualquier insinuación que proponga que el Sábado era solo una institución judía. En efecto, incluso antes de que Dios diera los Diez Mandamientos, Dios dejó claro a Israel que violar el Sábado era un pecado. Cuando Israel recibió el maná como alimento por primera vez, justo después de que cruzaran el mar Rojo, se les dijo: “Seis días lo recogeréis, pero el séptimo día es sábado, nada se hallará en él” (Ex 16:26). Luego, después de que el pueblo saliera a recoger maná el Sábado, Dios mismo los reprendió: “Y Jehová dijo a Moisés: ¿Hasta cuándo no querréis guardar mis mandamientos y mis leyes? Mirad que Jehová os dio el sábado, y por eso él os da en el sexto día pan para dos días. Quédese, pues, cada uno en su sitio, y nadie salga de su lugar en el séptimo día” (Ex 16:28-29). 

En este punto puede surgir la pregunta, ¿el Nuevo Testamento no deja claro que los cristianos están libres de todas estas restricciones? ¿No dice Pablo: “Por tanto, nadie os juzgue en comida, o en bebida, o en cuanto a día de fiesta, o de luna nueva, o de sábados,lo cual es sombra de lo por venir (…) (Col 2:16-17)? Por su puesto que si—y habla de manera similar en otros lugares—pero la pregunta es ¿a qué se refiere en esos pasajes con días, o en particular, sábados?

Debemos recordar que ocurrió un cambio en la adoración en la Iglesia de Dios después de la resurrección de Cristo. Uno de los aspectos de ese cambio fue la sustitución del séptimo día de la semana por el primer día de la semana como el día que debía santificarse. Pero ¿cómo debían tratar los cristianos el séptimo día de la semana después de que Dios instituyó el Sábado cristiano—o el Día del Señor, como Juan lo llama en Apocalipsis 1:10, haciendo eco de la expresión que se encuentra en Isaías 58:13? La respuesta es que la primera generación de cristianos era libre de santificar el séptimo día de la semana además del primero, pero nadie tenía derecho a juzgar a los que no santificaban el séptimo día junto con el primero. Dios cambió el día particular de la semana que debía santificarse, pero la institución del Sábado seguía intacta. El principio seguía siendo el mismo: Que “una debida proporción de tiempo sea separada para la adoración a Dios; así también, (…) Dios ha establecido específicamente un día de cada siete, como un reposo, para ser guardado santo para Él” (Confesión de fe de Westminster 21:7). 

No puede caber duda en que el primer día de la semana fue el día apartado en la Iglesia del Nuevo Testamento para adorar a Dios. Fue “el primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan” en Troas y “Pablo les enseñaba” (Hch 20:7). También fue el primer día de la semana donde debía hacerse una colecta para los santos pobres de Jerusalén en la iglesia de Corinto (ver 1a de Corintios 16:1-2). El cambio de día sucedió el primer día de la semana para que el Sábado cristiano fuera un memorial de la resurrección, que, desde luego, ocurrió el primer día de la semana. Así que no es sorprendente encontrar al Salvador en la noche del Día de Resurrección apareciéndose en el lugar donde los discípulos estaban reunidos y volviendo a ellos ocho días después (es decir exactamente una semana después, pues los judíos contaban tanto el primer como el último día de cualquier periodo como días enteros). Cristo honró sus reuniones con Su presencia física, así como ha honrado muchas otras reuniones el Sábado con Su presencia espiritual desde ese entonces. Ahora bien, ¡cuán maravillosamente honró la predicación del Evangelio el día de pentecostés (que siempre era el primer día de la semana) donde 3000 almas fueron traídas a Su reino!

¿Cómo se debe guardar el Sábado en los tiempos del Nuevo Testamento? No podemos dar una mejor respuesta que citar nuevamente la Confesión de fe de Westminster: “El Sábado Cristiano es, pues, guardado santo para el Señor, cuando los seres humanos, después de una debida preparación de sus corazones y arreglando con anticipación sus asuntos comunes, no solamente observan todo el día un santo reposo de sus propias labores, palabras y pensamientos acerca de sus empleos y recreaciones seculares, sino que también se ocupan, todo el tiempo, en el ejercicio de la adoración pública y privada, y en los deberes de necesidad y misericordia” (21:8). Debemos considerar cómo no solo nuestras actividades externas, incluyendo nuestras conversaciones, deben estar reguladas por el cuarto mandamiento, sino también nuestros pensamientos, que nadie—sino solo Dios—puede conocer. Estos son los requisitos de Dios, no el de los hombres. Todo nuestro tiempo debe dedicarse a adorar a Dios, excepto cuando necesitamos realizar actividades que son genuinamente necesarias y de misericordia. 

No debemos pensar en el cuarto mandamiento como algo que impone restricciones a nuestra libertad, pues, como dijo el Salvador: “El sábado fue hecho por causa del hombre, no el hombre por causa del sábado” (Marcos 2:27). Nos está diciendo que el Sábado se nos da como un beneficio al hombre—y es un beneficio inestimable. Es una oportunidad para poner a un lado, tanto como sea posible, nuestros deberes terrenales y dar nuestra atención a nuestras necesidades espirituales de una manera que no es posible normalmente en los días de semana. Si tenemos alguna noción del valor de nuestras almas y de nuestra necesidad de aprender de Dios y de adorarlo, entonces valoraremos el Sábado como la provisión de Dios para que nos entreguemos a la Palabra de Dios y la oración y a cualquier cosa que contribuya a nuestro bienestar espiritual. Una perspectiva adecuada nos llevará a concentrarnos no en lo que se nos impide hacer si guardamos el Sábado como Dios lo ordenó, sino en la libertad que podremos tener al atender nuestras necesidades espirituales. 

Ciertamente, un Sábado guardado correctamente es lo más cercano que podemos tener al cielo en este mundo. En el mundo de los espíritus las necesidades y las bendiciones temporales habrán perdido su relevancia y los santos glorificados estarán continuamente ocupados con actividades espirituales sirviendo a Dios “día y noche en Su templo”. Nuestra disposición a guardar el Sábado, no solo externa sino también internamente, es un análisis de nuestro estado espiritual, pues el corazón natural no tiene amor por las cosas espirituales. ¿Cómo podemos esperar sentirnos en casa en el cielo a menos que en esta vida podamos disfrutar un Sábado consagrado a la adoración a Dios?

¿Hay bendición en guardar el Sábado? Podemos está seguros de que hay bendición en guardar todos los mandamientos de Dios, pero Él nos asegura que ciertamente bendecirá a los que guardan el Sábado: “Bienaventurado el hombre que hace esto y el hijo del hombre que lo abraza, que guarda el sábado de profanarlo y que guarda su mano de hacer cualquier mal” (Is 56:2). Es interesante que el versículo anterior a este dice: “Cercana está mi salvación para venir y mi justicia para manifestarse” y Matthew Poole comenta: “Mi salvación: La salvación eminente del Mesías (…) Mi justicia: Lo mismo que llamó salvación, aquí llama justicia, pues es una demostración evidente de la justicia de Dios (…) en la salvación de los pecadores en términos justos y honorables”. ¿Es posible hablar del Sábado en ese contexto si el mismo no siguiera vigente en los tiempos del Nuevo Testamento?

Y Dios vuelve a decir a través de Isaías: “Si retrajeres del sábado tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y al sábado llamares delicia, santo de Jehová, glorioso, y lo venerares, no haciendo tus caminos ni buscando tu voluntad ni hablando tus palabras,

entonces te deleitarás en Jehová; y yo te haré cabalgar sobre las alturas de la tierra y te daré a comer la heredad de Jacob, tu padre; porque la boca de Jehová lo ha hablado” (Is 58:13-14). La herencia que Dios le dio a Jacob incluía la promesa: “Y he aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que vayas, y te volveré a esta tierra, porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho” (Gn 28:15) y, por lo tanto, es una promesa que pertenece a todos lo que aman el Sábado de corazón. Esta promesa de la presencia continua de Dios es una bendición aún más abundante porque nunca terminará. Se asegura una entrada segura al cielo a todos los que aman el Sábado, donde con corazón perfecto disfrutaran la oportunidad de adorar a Dios con todo su ser y sin interrupción en lo absoluto. 

Por lo tanto, procuremos tener un nuevo corazón, que es especial para amar el Sábado con sinceridad. Busquemos la gracia para observar ese santo día consistentemente, según la voluntad de Dios expresada en el cuarto mandamiento. 

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